La Comunidad Valenciana en 2020: Una perspectiva ético-política
El nacimiento de una revista invita siempre al pronóstico, a intentar diseñar los trazos de lo que está por venir, teniendo en cuenta el presente. En estos casos la prudencia es un fiel aliado y aconseja no tanto predecir qué va a suceder, cosa imposible, como tratar de descubrir qué tendencias se dibujan ya en nuestros días y a la vez decidir cuáles merece la pena potenciar, cuáles eliminar. Todo ello enmarcado en ese “depende” de las circunstancias imprevisibles que no están en nuestras manos, lo cual nunca nos exime de hacer lo que sí lo está.
La Comunidad Valenciana tiene un potencial de ventajas que debería explotar en el presente y en el futuro, pero también inconvenientes que urge extirpar, por su bien y por el de ese horizonte cosmopolita en el que venimos viviendo, al menos desde que los estoicos descubrieron algo tan obvio como que somos a la vez ciudadanos de nuestras comunidades políticas y ciudadanos del mundo. Hoy quisiera referirme a ventajas e inconvenientes ligados al mundo ético y político, a los que hay que prestar atención para convertir a nuestra comunidad en 2020 en una experiencia pionera.
La sociedad valenciana es, creo yo, intrínsecamente pluralista y tolerante, y esto es una ventaja. Existen los grupos fundamentalistas de uno y otro lado, claro está, pero no conviene magnificar su presencia, dar la sensación de que dominan la vida social, porque no es cierto, no es ése el perfil de la inmensa mayoría de nuestra población, sino el del sano respeto y la convivencia pacífica. ¿“Meninfotisme”? Es posible, yo más bien le llamaría sensato respeto por el diferente. Sin grandes proclamas, sin portentosas declaraciones, con la naturalidad de quien sabe que cada uno de nosotros guarda en su corazón todas las sangres, por decirlo con el hermoso título de José Mª Argueda.
Convendría cultivar estos valores y hacer el experimento de una sociedad dispuesta al diálogo sin prejuicios excluyentes sobre los temas que nos preocupan, dibujando los trazos de una auténtica democracia deliberativa.
Pero como siempre existe el otro lado de la medalla, al pluralismo y la tolerancia les suele faltar esa sana agresividad que invita a luchar con ilusión por las causas que merecen la pena. Y aquí es donde necesitamos un impulso enérgico para reconocer el valor y apoyar el esfuerzo de las personas, grupos o asociaciones que trabajan en nuestra tierra de manera ejemplar, sin embobarnos continuamente ante aquellos a los que traemos de fuera, como si todavía fuéramos los paletos de ¡Bienvenido, Mr. Marshall!. Nuestras gentes –intelectuales, artistas, pioneros en la solidaridad- conquistan el reconocimiento, y sobre todo el apoyo necesario, fuera, pero rara vez en nuestro contexto.
Y, por otra parte, nos falta capacidad para abrirnos al mundo exterior, para cultivar proyectos que nos abran a ese mundo global, a esa ciudadanía cosmopolita a la que en realidad pertenecemos de forma indeclinable. Tendríamos que ser líderes y acompañar a los líderes de toda causa que influya en el bienser y el bienestar de los seres humanos.
Pero para forjar esta comunidad pluralista, tolerante, respetuosa y combativa, es necesario un pacto –explícito o implícito- entre los tres grandes sectores de la sociedad: el político, el económico y el social.
La mejor forma de organización política que hemos descubierto es la de una democracia representativa, en la que los representantes, elegidos por el pueblo, responden ante él, dan cuenta de sus actuaciones con transparencia y son ajenos a la corrupción. Fundamental sería democratizar los partidos, introducir en ellos la democracia y el pluralismo, de forma que sean capaces a su vez de contagiar una y otro. Una buena medida consistiría en adoptar listas abiertas, que debilitan el poder de los aparatos y aumentan el de los electores. Como también que los partidos se esfuercen por mostrar la bondad de sus ofertas en vez de basar toda su fuerza en desacreditar al contrario; reducir los puestos que se ocupan por designación política a costa de la competencia profesional; acabar con la enorme asimetría que existe entre los administradores y los administrados.
En este contexto un mecanismo precioso para hacer de los ciudadanos auténticos autores de las leyes consistiría en fomentar la deliberación, no sólo en la esfera de la opinión pública, sino también creando instituciones que tomen decisiones utilizando este recurso y de las que formen parte miembros de la sociedad civil.
El segundo apoyo de este trípode es el de un mundo empresarial, activo y con iniciativa, como es el nuestro, pero cada vez más consciente de que la mejor forma de aumentar la cuenta de resultados es contar con la complicidad de todos los grupos de interés. A fin de cuentas, una empresa ciudadana, que la sociedad siente como parte suya porque recibe de ella buenos productos y trabajo, tiene más probabilidades de aumentar su competitividad en tiempos de incertidumbre. De todo esto hemos venido tratando en nuestra Fundación ÉTNOR desde su creación, una fundación, por cierto, nacida en nuestra tierra.
Una institución autónoma, pero a la vez articulada con los sectores político, económico y social, es la Universidad. Nuestra comunidad cuenta con universidades excelentes, que deberían trabajar de forma conjunta para conseguir todavía mejores resultados, pero también con las empresas, la sociedad y el apoyo del poder político. No habrá salida de la crisis sin formación de buenos profesionales y sin incremento de la investigación, tanto en ciencias y tecnologías como en humanidades. Pero para lograr una cosa y otra, la Universidad, sin perder su autonomía, ha de contar con el sector empresarial, el social y el político.
Por último, pero no en último lugar, la tarea de una ciudadanía activa y de organizaciones solidarias se hace imprescindible. Sin gentes dispuestas a participar en la vida compartida, en los distintos niveles de la vida social, sin organizaciones que hacen de la solidaridad su carne y sangre, es imposible construir esa sociedad abierta, respetuosa, creativa y responsable para 2020. Pero los mimbres existen, sería un verdadero delito no aprovecharlos.
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